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Hace ya varias décadas que se viene reflexionando sobre la transición de los jóvenes a la vida adulta y especialmente sobre cómo este proceso se ha ido alargando progresivamente como consecuencia del cambio social, económico y cultural.

Las sucesivas crisis se han cebado especialmente con este colectivo poblacional y todas las batallas entre el sistema y las nuevas generaciones se han saldado a favor del primero. Por ejemplo hace ya 20 años que ampliamos el horizonte de la juventud de los 25 años a los 29 y hace una década se consolidó la idea de que una persona era joven hasta los 35… quizá no me quiera hacer mayor a mis 33 años pero empiezo a mirar a mis amigos de 40 como personas sociológicamente jóvenes.

Esta nueva realidad ha tenido algunos aspectos positivos como la posibilidad de mejorar y perfeccionar el nivel formativo para toda una generación, pero lo cierto es que esconde muchos más efectos perniciosos.

El desempleo es brutal entre los jóvenes y la realidad es que a la mayoría de ellos sólo les espera una penitente trinidad: Más desempleo, exilio o precariedad.

Los límites que marcaba la fisiología han saltado por los aires y muchos de ellos tendrán que renunciar a la paternidad o, cuando menos, retrasar al extremo esta opción vital, y por tanto veremos -estamos viendo ya- una política de hijo único auto inducida por penurias económicas… un hecho muy preocupante para la sostenibilidad de la sociedad misma que se ha ido esquivando ligeramente por el alto índice de natalidad de las familias inmigrantes que llegaron a nuestro país en la década 1997-2007. Claro está que el ataque a los servicios públicos de Educación y Sanidad, amén de una regresión en los tímidos avances en políticas de conciliación de la vida laboral (cuando ésta existe) y personal, unido al hecho de que estamos dejando en herencia un mundo cada vez más competitivo, no estimula mucho a quienes se plantean ampliar la familia.

Y finalmente no podemos obviar que toda esta frustración generacional se ha transformado en indignación o en el mejor de los casos en desafección. Un caldo de cultivo pre revolucionario que sólo se sostiene por el alto nivel de responsabilidad democrática de los ciudadanos y sobre todo porque estamos viviendo de rentas, eso sí, de las rentas que construyeron la generación de los abuelos en forma de pensión, ahorros o apartamentos en la playa.

Considerando que no existe transición a la vida adulta sin emancipación, y que ésta no se produce hasta que existe independencia económica y por tanto acceso al empleo, las respuestas ante este drama nacional se pueden resumir en dos discursos enfrentados: El representado por la flexibilidad – rayana en la esclavitud- (Contrato único, despido libre, mini jobs, salarios infra humanos…) frente a status quo del mercado laboral (mantenimiento de las condiciones laborales, convenios sectoriales, subidas ligadas al IPC…) y bueno obviamente si el dilema está entre defender los derechos o dinamitarlos ya saben donde estoy… pero lo cierto es que ambas fórmulas POR SÍ SOLAS tienen una cosa en común: la nula capacidad de crear empleo y generar actividad económica.

No me quiero extender en estos lares, pero resumiré que soy de los que pienso que este desierto no se arregla ni con riego por goteo (Ley de Emprendedores) ni con granjas hidropónicas (Hubs y Parques tecnológicos que es a los que me dedico yo) por más que sean necesarias, sino por inundación (políticas macro de estímulo económico contrarias al austericidio imperante)

Pero lo que quería reflexionar en voz alta, volviendo al tema de la realidad de los jóvenes en España, es que se hace preciso reformular las políticas de juventud, superando definitivamente algunas tésis paternalistas de los 80 pero sin abandonar algunas claves que siguen siendo útiles.

Una política de juventud útil es aquella que posibilita la transición. Y por tanto soy de los que pienso que el nuevo discurso de las políticas AFIRMATIVAS de juventud, basadas en el hecho de que el joven debe ser tratado como joven y no como un proyecto de adulto, no es más que la constatación del fracaso de los objetivos naturales de los programas públicos (probablemente por la escasez de medios o por la acomodación de las estructuras a los procesos ya instalados) pues nada satisfacen las necesidades e inquietudes de los jóvenes españoles, que no quieren otra cosa que oportunidades desde la que ejercer sus opciones vitales con la mayor libertad posible.

Y en este sentido, lo que hay que avanzar es en programas (software) y espacios (hardware) que faciliten transiciones blandas, que permitan hackear las rigideces impuestas por factores externos como la crisis económica o la gerontocracia de las instituciones y organizaciones civiles, para conformar nuevos itinerarios de autonomía, nuevos escenarios desde los que empoderar a las nuevas generaciones, priorizando los recursos orientados a la acción, la creatividad y la innovación, mientras se consolida una masa crítica suficiente para producir el cambio.

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2 pensamientos en “Transiciones blandas… Hacia una política hacker de juventud.

  1. Pingback: De los JASP a los NiNi. 20 años de etiquetas a la juventud española | raulolivan

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