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Nací en 1980 y soy uno de los miles de jóvenes que crecimos inaugurando la democracia española cuando la mayoría de los servicios públicos todavía olían a nuevo. En mi caso, además, tuve la suerte de que no nos faltara nada de lo importante en casa.  Por eso, si me pongo en la piel de mis padres y observo este tiempo transitado en sus vidas, en el que pudieron ofrecernos oportunidades a mi hermano y a mí que ellos nunca tuvieron, comprendo el compromiso de la generación anterior a la mía con el sistema establecido, su adhesión a los valores de la transición y sus reservas respecto a los que pretenden impugnarlo todo. Pero del mismo modo, por mi edad y por mi trabajo cerca de gente joven, no soy ajeno a la profunda ruptura emocional que desconectó la sociedad de mis padres de la mía propia.

Esta desconexión generacional se puede resumir en dos hitos: el anuncio en 2010 de los recortes que hizo Zapatero y que certificaba el final de una onda larga de crecimiento económico que duraba casi 30 años. Y un año después, la crisis simbólica de valores que estalló de forma sorpresiva el 15-M cuando miles de jóvenes pusieron de manifiesto su desconfianza en el sistema representativo, proponiendo una enmienda a la totalidad de los partidos tradicionales y declarando agotado el relato del 78, al tiempo que se conjuraban en torno a una nueva épica de lo común.

La encrucijada en la que se vio comprometido el sistema democrático era una tormenta perfecta de legitimidades. Si consideramos que el equilibrio de la democracia es un juego de negociación constante entre el pueblo – demos– y el poder – cracia-, entre aquello que produce democracia, entendida como energía popular constituyente, y lo que esa misma democracia produce a través de las fuerzas constituidas, en forma de derechos, deberes, bienes y servicios para ese mismo pueblo (Innerarity. 2017). Es decir, que una democracia es legítima cuando combina adecuadamente participación en las decisiones ( inputs) con resultados eficaces ( outputs). Podemos concluir que el 15-M fue una reacción a esa doble crisis de legitimidades porque hubo una generación entera que ni se sentía partícipe ni se sentía beneficiaria del sistema. El desempleo juvenil y los graves casos de corrupción política fueron la gota que colmó el caso.

Me interesa destacar esta idea de Daniel Innerarity sobre el equilibrio entre legitimidades porque un exceso de deriva hacia uno u otro vector nos conduce a diferentes patologías de la democracia que están muy vigentes en el análisis político actual. La tentación de los populistas es convocarnos a un permanente e inagotable proceso constituyente, midiendo la democracia fundamentalmente por el grado de participación, por la pureza de los actores implicados en una interminable asamblea horizontal, el rechazo de las instituciones de intermediación y la superación del modelo representativo. Una democracia directa del demos. Mientras, en el lado contrario, los tecnócratas nos invitan a confiar en los expertos y las comisiones ejecutivas, en la delegación de responsabilidades, en la importancia de las instituciones constituidas y en la aceptación incondicional de un recetario científico-técnico que constituye el corpus de un renovado pensamiento único, cuya validez queda fuera de toda duda. Una democracia restauradora enfocada a la cracia.

Con matices, estas dos derivas las podemos distinguir en los tics, los discursos e incluso la semiótica de los dos nuevos partidos en España: Podemos y Ciudadanos. Ambos han sabido entender bien la coyuntura, la doble crisis de legitimidades que sufría la democracia, atacando directamente ambos frentes. Mientras Podemos se erige como la opción de impugnación constituyente que pretende canalizar la energía del pueblo – demos-, Ciudadanos representa una renovadora defensa de lo constituido y promete un uso más eficiente del poder – cracia-.

Este marco hay que interpretarlo como una síntesis teórica del panorama político actual, pero la realidad nunca es tan evidente e inequívoca. Los nuevos partidos son conscientes de esta disputa de legitimidades y ambas fuerzas generan mensajes complementarios para ampliar su perímetro electoral.

Ciudadanos, por ejemplo, se llama “ciudadanos” precisamente para reforzar la idea de partido horizontal, alejado del poder, conformado por una nueva generación de profesionales que no venían de la política, como les gusta identificarse a sí mismos. Buscan así apelar al demos. Aunque lo que mejor les funciona es posicionarse como muro de contención de lo constituido, y no por casualidad su relato político más rentable ha sido erigirse como garantes del espíritu del 78 en el contexto del conflicto catalán. En tiempos de zozobra, los guardianes de lo instituido se convierten en valor seguro para aquellos que no quieren grandes cambios. Una agenda renovada de restauración que ofrezca certezas a quienes aspiran a la continuidad de lo establecido y garantice un nivel mínimo de comodidades individuales.

Podemos, por su parte, vive desde su nacimiento la presión por trascender la lógica maximalista y utópica del 15-M tratando de ofrecer un programa creíble de gobierno. En estos últimos días ha presentado una nueva batería de proyectos de reforma del país, la cuarta o la quinta versión diferente en sus pocos años de vida, un claro síntoma de que necesita proyectar una imagen solvente, completando un viaje táctico de la protesta a la propuesta. Una vez han colonizado el significante pueblo – demos- aspiran a la legitimidad de la cracia. Saben que necesitan hacerlo pero hasta la fecha no han sabido cómo. Incluso se han disfrazado de socialdemócratas o se han confesado fans de Operación Triunfo en un claro intento de ocupar la centralidad del tablero para escapar del margen de la extrema izquierda, donde, como ellos mismos afirman, solo se alcanza la irrelevancia política. Y a pesar de todo esto, cada vez que Podemos sufre una pequeña crisis orgánica, la mayoría de las voces cualificadas, con la excepción de Errejón, proclaman una vuelta a los orígenes, a los círculos, a los de abajo, al 99%, al demos, al pueblo; donde son genuinamente fuertes, o al menos, donde la mayoría de ellos se reconocen a sí mismos, porque padecen la miopía de la retórica: el Pueblo no les deja ver las personas.

Ambos partidos quieren presentarse como transversales, pero ambos tienden a la deriva porque sus raíces son más fuertes que el marketing político, y porque, en todo caso, tampoco les ha ido mal así. Podemos es expectativa constituyente que quiere aparentar ser un partido de gobierno. Ciudadanos es muro de lo constituido que pretende proyectarse como colectivo de profesionales independientes.

Visto desde esta óptica se entiende mejor la estrategia de ambos partidos, en tensión permanente por defender su posición genuina a la vez que lanzan tentativas hacia posiciones ajenas. Al contrario que la dialéctica del eje izquierda-derecha, que no permite demasiados viajes de ida y vuelta, conjugar discursos transversales que transitan desde populismo a la tecnocracia posibilita construir una narrativa política mucho más flexible y un marco discursivo más responsivo que se adapta mucho mejor a cada oyente.

Quizá el fenómeno de la nueva política no sea otra cosa que la sustitución del tablero de disputa tradicional, donde solo operaba la lógica izquierda–derecha, por un nuevo escenario dialéctico que posibilita nuevos imaginarios políticos.

Esta famosa transversalidad es lo que produce que no salgan redondas las cuentas, y que interpretar los últimos CIS sea un auténtico sudoku. Podemos no se explica solamente por una reordenación de los votos de izquierda, igual que Ciudadanos no se resume en una mera reconfiguración del centro derecha español. Otra cosa es analizar el modelo de gobiernos y presupuestos que estos partidos están produciendo, Podemos favorece de facto políticas de izquierda, y Ciudadanos, con la simbólica excepción de Andalucía, suele facilitar gobiernos de derecha. Serán transversales, pero estar, lo que se dice estar, suelen estar en la izquierda o en la derecha con bastante nitidez. Por ello, es posible que, a la vista de las consecuencias, el efecto de la transversalidad se vaya mitigando poco a poco y los votantes vuelvan poco a su esquema tradicional de la izquierda y la derecha. Es lo que se viene observando en el electorado de Podemos, durante las últimas elecciones, que se posiciona claramente en la izquierda. Y lo que ha comenzado a percibirse en torno a Ciudadanos, cuyos votantes, según el CIS, se autoubican cada vez más a la derecha.

No obstante, anticipo transversalidad para años, porque ambos partidos, dotados de magníficos expertos entre los que tengo muchos amigos, saben que ese marco discursivo que hemos venido en llamar nueva política les resulta tan rentable como eficaz, sobre todo para conectar con esa generación entera que dejó de confiar en el PSOE y el PP. Una generación para la que, el imaginario izquierda-derecha dejó de tener un papel ilustrativo, perdiendo en cierto modo, esa función de explicar y sintetizar la complejidad que nos rodea. En concreto, miles de jóvenes de mi generación dejaron de sentirse vinculados emocionalmente a la izquierda cuando la crisis azotó duramente, cercenado sus sueños aspiracionales, mientras la capacidad redistributiva del Estado quedaba en entredicho en un contexto de fuertes interdependencias con Europa y los mercados globales.

Para finalizar, cabe preguntarse ¿hay espacio para la socialdemocracia entre las derivas de la nueva política? Lo hay, no me cabe duda. Mientras reconstruimos la credibilidad de la izquierda en laboratorios como Aragón, a golpe de boletín oficial y presupuesto público, en condiciones atmosféricas neutrales sin tsunamis inmobiliarios ni crisis financieras globales, y seguimos reivindicando la vigencia de las ideologías para interpretar el mundo; la socialdemocracia debe aceptar las nuevas reglas del juego y empezar a operar en el marco discursivo de la transversalidad democrática, ocupando la gran centralidad del tablero, que es el inmenso espacio que le dejan las derivas en su inercia hacia los márgenes.  El PSOE debe recuperar la legitimidad perdida en ambos frentes. Configurarse al mismo tiempo como un partido abierto, transparente y participativo, rebuscando si es preciso en su pasado asambleario; pero sin excentricidades, porque a la vez, debe erigirse como una herramienta eficaz y competente al servicio de los problemas reales de la gente, jugando un rol institucional, como partido de gobierno, comprometido con Europa, como ha desempeñado acertadamente los últimos meses. Entre la tensión populista constituyente y el recetario acrítico de la tecnocracia instituida, la socialdemocracia debe seguir representando la confluencia de lo posible.

Si hay un modo de construir pueblo, de aprovechar el ancho de banda disponible para canalizar la energía civil de una generación con ADN constituyente, no es otro que el de conectar ese ímpetu a la vieja red de estructuras, levantada sobre la base de tantos pactos y consensos, tejida a partir de los valores de la transición. Todo ello para posibilitar un nuevo horizonte emocional a mi generación, a la vez que se ofrecen garantías y certezas a la generación de mis padres, que ya no admite viajes a ninguna parte. Un pacto de generaciones y reconocimientos mutuos que celebre la democracia declarándola inacabada. Este futuro precisará indefectiblemente de acuerdos, cesiones y aquiescencias; donde, me atrevo a vaticinar, la socialdemocracia, el mejor pegamento que ha tenido España hasta la fecha, ocupará de nuevo un papel central.

 

Publicado originalmente en ElDiaro.es el 10/2/1018

Imágen: Obra de Gema Rupérez “Democracia” -bolas de acero, imanes y vídeo- (2017) dentro del proyecto Hegemonía >>> http://www.gemaruperez.com/Hegemonia.html

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