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O la pangea como tierra prometida.

La Agenda 21 de la Cultura es una herramienta global gestada gracias al trabajo de varias redes internacionales entre 2002 y 2004, cuyo objetivo es dotar a las ciudades de unas guías maestras con las que afrontar los vertiginosos cambios del siglo XXI. Un lugar común donde la cultura se convierte en el elemento vertebrador de principios fundamentales como los derechos humanos, la diversidad, la sostenibilidad, la democracia participativa e incluso la paz.

El carácter global de la Agenda 21 de la Cultura le confiere al mismo tiempo gran fortaleza discursiva al trazar un itinerario cuyo consenso es indiscutible, pero también lo convierte en una declaración tan generalista que ha impedido un seguimiento exhaustivo y riguroso de su impacto. Como otras tantas veces han sido numerosas las redes y ciudades adheridas pero no podemos decir lo mismo en cuanto a los casos reales en los que se haya ejecutado un plan estratégico específico con una detallada evaluación de los objetivos.

La representación gráfica del diálogo que propone la Agenda 21 la Cultura (Del documento “Un instrumento para el desarrollo: principios, metodologías y estrategias para su implantación en el Territorio” publicado por la Universidad Jaume I) nos permite entender de un vistazo la ambición, la complejidad, su potencial de transformación y sobre todo que se trata de un enfoque sistémico, donde la interrelación de elementos, agentes, discursos y principios es al mismo tiempo medio y fin.

Agenda 21

Y sobre este conjunto de intersecciones es donde quiero centrar mis aportaciones al tema. Nos encontramos sin duda ante las conclusiones de un trabajo exhaustivo y bien armado y no podemos avanzar sin antes afirmar que el relato de la Agenda 21 de la Cultura es apasionante, ilusionante y esperanzador, en tanto contextualiza el trabajo y los proyectos de quienes ejecutamos políticas locales (Culturales, sociales, fomento del emprendimiento…), lo dota de sentido y lo orienta a la transformación.

Decía René Maheu:  “El hombre es el medio y el fin del desarrollo; no es la idea abstracta y unidimensional del Homo economicus, sino una realidad viviente, una persona humana, en la infinita variedad de sus necesidades, sus posibilidades y sus aspiraciones… Por consiguiente, el centro de gravedad del concepto de desarrollo se ha desplazado de lo económico a lo social, y hemos llegado a un punto en que esta mutación empieza a abordar lo cultural.”

No obstante no podemos pasar por el alto el hecho de que la Agenda 21 se aprueba hace ya casi 10 años y que en este tiempo se han producido cambios vertiginosos en el mundo, que han afectado directamente el modo en que consumimos y producimos cultura, la forma y los canales a través de los cuales nos comunicamos y participamos, y en paralelo, las expectativas que los ciudadanos tenemos puestas en el sistema democrático… del mismo modo también se ha transformado por completo el sistema que sustentaba la mayoría de los programas y bienes culturales, pues es un sector especialmente castigado por la crisis.

Este nuevo contexto y la necesidad de vertebrar una estrategia orientada a la acción, bien a través de programas estratégicos o bien a través de proyectos puntuales que constituyan victorias rápidas en un tiempo de urgencias, hace preciso cierta reformulación. Es decir, aceptemos los planteamientos generales de la Agenda 21 como principios rectores vigentes, pero actualicemos la táctica y la operativa para adaptarla hoy a nuestra ciudad.

Mi humilde aportación -del todo condicionada por la perspectiva que tengo desde Zaragoza Activa, la agencia municipal cuyo objetivo es fomentar un ecosistema emprendedor, creativo, innovador y colaborativo- es profundizar en la idea del lugar común, la intersección como medio y como fin, la fusión de las acciones, programas y agentes hasta conformar una pangea consistente y fértil, desde la que afrontar los retos de la nueva era. Tirar las murallas, abatir las ventanillas y las estructuras duras, generar espacios virtuales transfronterizos (Leo en el documento de la Jaume I, que ya hay quien vaticina la desaparición del territorio… y lo uno con la idea que plasma David de Ugarte en Filés, que augura una nueva patria transnacional… y del mismo modo me dejo seducir por el discurso que relata José Ramón Insa cuando me insiste en profundizar en el conocimiento nómada a través del nuevo proyecto ThinkZAC)

Más concretamente me refiero a los que ya muchos teóricos definen como Cuarto Sector, que no es otra cosa que el espacio de concurrencia de los tres sectores tradicionales (Público, Privado, Social) que desde mi punto de vista no constituye una plataforma física real sino el punto de encuentro hacia el que discurren decenas –miles- de proyectos en el mundo. Desde lo privado cada vez se considera más la RSC-RSE, desde lo social cada vez se trabaja más la viabilidad y sostenibilidad, y desde lo público –Zaragoza Activa es un ejemplo- cada día se generan espacios más permeables a los otros dos ámbitos.

Lo mejor de este nuevo discurso es que contiene un número creciente de experiencias reales que lo validan, no sólo en el campo del emprendimiento con ejemplos que podemos agrupar en torno al concepto de la innovación social, sino también en el ámbito de las industrias creativas y culturales donde la filosofía crowd, el consumo colaborativo o las redes P2P han penetrado a una velocidad de vértigo y están cambiando la reglas del juego para siempre.

Una vez aceptemos estos nuevos mapas, una vez nos demos cuenta que el futuro es la concurrencia radical y abandonemos la idea continental que separaba los agentes culturales, para comenzar a trabajar desde la pangea, todo lo demás vendrá rodado.

A modo de ejemplo uno de los debates más recurrentes en gestión cultural es el modelo de los centros de proximidad: una vez conquistamos la idea de que había que desconcentrar los equipamientos –especialmente en las grandes ciudades- nos encontramos con el problema de conjugar financiación, participación, públicos, productores amateurs vs profesionales… y mientras tanto una gran cantidad de buenos y caros equipamientos perdían capacidad de seducción entre los nuevos ciudadanos del siglo XXI que preferían pasar la tarde en la FNAC o peor aún en los grandes centros comerciales.

El centro del debate era demasiadas veces el modelo de gestión y no el grado de penetración y concurrencia. Hemos perdido como poco 10 años, no podemos volver a perder otros 10.

Ramoneda afirma que somos seres culturales y la cultura es algo en constante cambio, las políticas deberían mutar al mismo ritmo.

Desde mi punto de vista la tierra prometida, más allá de si tiene dimensión física o virtual, es la tierra compartida. El entorno colaborativo por excelencia sólo se produce con concurrencia radical. El cuarto sector es para mí esa pangea fértil. Un nuevo escenario para una nueva democracia cultural, que es lo mismo que un nuevo territorio de paz, diversidad y humanismo.

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