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Artículo de Opinión publicado en El Periódico de Aragón, Sección de Economía 20/01/2013

Llevamos tantos años escuchando que para salir de la crisis y crear empleo se deben reducir los salarios –un mantra neoliberal que suele venir acompañado del hit “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”– que el título de mi artículo puede parecer un oxímoron, o cuando menos una provocación. Pero no lo es. Como prueba de que estas ideas han calado hondo, hace unos días, el presidente de Cepyme, Jesús Terciado, manifestaba la necesidad de crear un nuevo Contrato Joven equiparado al salario mínimo interprofesional (SMI) –645,30 euros– para reducir el paro juvenil que alcanza la dramática cifra del 50% en nuestro país.

No puedo entender que Cepyme se apunte a esta tesis. Las pymes venden la práctica totalidad de sus productos en el mercado interno, por lo que un empresario quizá quiera reducir los salarios de sus trabajadores pero, al mismo tiempo, deseará que suceda todo lo contrario en el resto de las empresas, pues esos trabajadores –las pymes generan alrededor del 80% del empleo en España– son precisamente sus potenciales clientes.

Es una paradoja que recuerda al dilema del prisionero, en el que las pymes tienen ante sí la opción de competir o cooperar: si todos deciden reducir salarios, todos pierden con caídas de consumo, cierres y desempleo, generando un círculo vicioso; si todos mantienen o incluso elevan salarios, todos ganan, pues aumenta la renta disponible, sube la demanda y el consumo.

La tentación humana no sólo es ganar, sino ganar más que los demás, pero la lógica del juego nos recuerda que ese camino no nos lleva a nada bueno, y a los hechos me remito. Con la bajada de salarios perdemos casi todos, los trabajadores y la clase media, incluidas las pymes. La pregunta es: ¿por qué la mayoría de los gobiernos está aplicando esta receta de dolor masivo?

Quizá la respuesta la hallemos en el inmenso poder que tienen los únicos que ganan: las grandes multinacionales que exportan y necesitan ganar competitividad en el exterior por la vía rápida, y sobre todo las grandes empresas que poseen mercados cautivos con demanda asegurada (telecomunicaciones, energía, transporte-) y que siempre tienen algún sillón libre en sus consejos.

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