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Hace unas semanas recibí la invitación para participar en el VII Congreso Internacional de Gobierno, Administración y Políticas Públicas, que se celebrará en Madrid durante los primeros días de octubre. Al grupo de investigación que lo organiza (GIGAPP) le ha llamado la atención nuestro trabajo en Zaragoza Activa, tejiendo un ecosistema de personas, empresas y proyectos públicos; que fomenta el emprendimiento y la innovación social desde una perspectiva colaborativa.

Ellos están indagando en temas tan interesantes como la desconfianza de los ciudadanos en los poderes públicos, el papel de la participación como manual de convivencia en la sociedad red o incluso las emociones que proyectan las instituciones en estos tiempos de postsoberanía; es decir, están dándole vueltas a la difícil ecuación de cómo diseñar políticas públicas que atiendan las crecientes y legítimas expectativas civiles locales en el contexto de la globalización.

Uno de los conceptos clave que están analizando son las políticas basadas en nudges (pequeño empujón en inglés). Los nudges son aquellas estrategias que inducen sutilmente, sin menoscabar la libertad del individuo, mediante arquitecturas de decisiones, la adopción de comportamientos considerados socialmente positivos para el interés general. Un empujoncito puede ser desde la mosca en el urinario que ayuda al varón despistado, y que reduce notablemente el esfuerzo de limpieza; hasta cambiar el enfoque de los formularios oficiales, cambiando por ejemplo la pregunta de quién quiere ser donante, por la de quién no quiere serlo; una experiencia real en Illinois (EEUU) que incrementó el número de donantes del 38 % al 60 %.

La metodología nudge ha querido incluso subir de división y convertirse en todo un modelo político, consiguiendo una incidencia significativa en el mundo anglosajón. Obama o Cameron han creado oficinas gubernamentales para diseñar acciones nudge a gran escala. Y hay quienes incluso han querido ver en los nudges la cristalización del pensamiento de la 3ª vía, en tanto es una alternativa a la doctrina netamente liberal, pues no deja de ser una invitación a obrar en un sentido concreto, pero al mismo tiempo, no prohíbe ni obliga, esquivando el intervencionismo más limitativo.

Más allá del gran debate de ideas que pueda subyacer de estos dilemas, especialmente de la consideración irracional de los individuos y de la asimetría relacional que presenta el modelo; lo cierto es que a nivel operativo, la filosofía nudge encaja muy bien con la sociedad red -el éxito de los nudges está basado en el gregarismo irracional de las multitudes- y con la morfología de los nuevos ecosistemas organizacionales, ya sean pequeños proyectos públicos o comunidades autogestionadas, más proclives a los cambios ágiles y las victorias rápidas, que las instituciones decimonónicas.

Y es aquí donde creo que existe un gran potencial de impacto. Si somos capaces de trasladar la metodología nudge a la innovación social, es decir, si aprendemos cómo aplicar estas herramientas de planificación replicables a gran escala, a los ecosistemas locales y las comunidades aisladas donde se innova de forma cotidiana; los resultados podrían ser espectaculares, y mejor aún, serían medibles y objetivables. Serían reformas humildes y discretas de una en una, pero sumadas, una auténtica revolución molecular.

Un ejemplo paradigmático de innovación social son los huertos urbanos y comunitarios que están en auge en muchas ciudades españolas. Por otro lado, un ejemplo de nudge, es poner en el autoservicio de los comedores de la universidad, los productos saludables y ecológicos en un espacio preferente, más visibles y accesibles que los dulces industriales. La suma de ambos enfoques resulta sumamente potente. A la virtud operativa, concreta y replicable del empujoncito, una buena dosis de innovación social con base local, le dotaría de identidad, relato y legitimación; porque ya no sería la institución la que decide por ti y te invita a ser saludable, sino que sería la propia comunidad real, las redes de huertos locales, las que rodean ese nudge de bien común.

Otro ejemplo de nudge que me gusta mucho es el de las carreteras donde plantan arboles con una distancia entre sí cada vez menor, justo antes de llegar a un pueblo o cruce peatonal, de tal manera que el conductor experimenta una sensación de mayor velocidad e instintivamente la modera. La señal regula la velocidad, el nudge induce la velocidad, no lo sustituye, sino que lo complementa, lo refuerza, ahí está el matiz. Imaginen ahora un proyecto de educación vial con menores, que incluyera la plantación de arboles con ese modus operandi a la entrada de sus respectivos pueblos. Piensen por un momento en el valor que tendría contar con una red de aliados como son los chavales para un proyecto así.

Pero más allá de estos casos de libro, el desafío es cómo aplicar la metodología nudge a nuestros proyectos locales reales. En Zaragoza Activa también hemos experimentado con acciones que contienen el ADN de los nudge. Teníamos un problema creciente con la asistencia de la gente a las actividades. Hacemos más de 500 actividades al año, tenemos una red social (ZAC) donde registrarse y reservar tu plaza, con el valor añadido de que puedes ver quién se ha apuntado, los datos del organizador o del ponente, hacer comentarios, valorarla con un semáforo de emoticonos tristes o sonrientes… pero nuestro problema es que como casi todos los eventos son gratuitos, la gente se apuntaba y luego no venía. Llegamos a tener una tasa de absentismo del 40%, que dejaba a mucha gente que sí quería realmente venir sin posibilidad de hacerlo. Parece un problema menor, pero multiplicado cada día por varios eventos, llegaba a suponer muchos miles de sillas vacías en nuestro caso. Cientos de millones de sillas vacías si pensamos que es un problema común en España, que comparten muchas instituciones, universidades, entidades sociales y organizaciones en general. Es decir, el pequeño problema supone en realidad cientos de millones de euros perdidos cada año.

Nuestra respuesta fue crear una moneda virtual con valor simbólico, los ZAC-coins, que repartimos masivamente entre los más de 8.000 miembros de la red, cinco a cada uno, y que a partir de entonces servirían para apuntarse a las actividades, a razón de una moneda por cada evento. ¿Cómo se recuperan los ZAC-coins gastados? Muy sencillo, simplemente yendo a las actividades realmente, de tal forma que incentivamos a quien asiste de verdad y ocupa su silla. El sistema también permite desincribirse con 24 horas de antelación y liberar tu plaza.

La iniciativa ha logrado un impacto significativamente positivo, pasando de una tasa de absentismo del 40% al 20-15%. Llevamos más de 1 año y prácticamente no ha habido casos de personas que hayan perdido sus 5 ZAC-coins… pero ¿Qué respuesta les dimos a los pocos reincidentes que se quedaron sin monedas? Muy sencillo, les dimos otros 5 ZAC-coins, pero les mandamos un correo electrónico recordando lo importante que es usar responsablemente los recursos públicos y el coste que suponen las sillas vacías. La experiencia ha sido muy positiva, la gente ha tomado conciencia de lo importante de cumplir con el compromiso de apuntarse, de lo que valen las sillas vacías y del perjuicio que se le crea a terceras personas. Le hemos dado valor sin que medie transacción financiera alguna, sin que exista como tal una regulación sancionadora que coaccione o prohíba. Es verdad que no es tan sutil como otros nudges, pero comparte buena parte de su fundamentación teórica.

A partir de estos ejemplos menores, podemos preguntarnos ¿Qué pasaría si crearamos laboratorios en las ciudades que combinaran la innovación social y las metodologías nudge, y comenzáramos a mezclar en la probeta ingredientes como transporte sostenible, racionalización energética, economía colaborativa y economía circular, consumo ético y responsable, slow food y kilometro cero, permacultura, emprendimiento social, transparencia, datos abiertos, comercio de proximidad, cultura viva, voluntariado…? ¿Y si implicáramos en su implementación a la sociedad civil organizada? ¿Y si metiéramos un ingrediente con tanta carga de profundidad para la misma democracia como la participación ciudadana?

No hace mucho escribía un artículo titulado Participación Ciudadana y la Experiencia de Usuario (UX por sus siglas en inglés User eXperience) que se puede conectar con la metodología nudge. En él  defendía que aún está por descubrir la plataforma de participación online que sea capaz de implementar procesos deliberativos, lo suficientemente accesibles y atractivos como para incorporar una masa crítica legitimadora. Pues hasta ahora tenemos decenas de ejemplos bienintencionados pero que lamentablemente apenas consiguen índices de participación marginal. Mi tesis se centra en incorporar la mirada UX a estas plataformas de participación, hasta tal nivel que no parezcan una plataforma de participación como tal. Es decir, igual que los sutiles nudges que son más eficaces cuanto más invisibles son, la mejor plataforma de participación será aquella que se integre en los hábitos cotidianos de los ciudadanos y no represente un esfuerzo sobrevenido, hasta resultar prácticamente indetectable. Un ideal que se alcanzaría a partir del enfoque de la UX y en el que los nudges pueden darnos algunas pistas.

Es obvio que no se pueden sustituir los procesos de participación social por experimentos de laboratorio, pero tampoco podemos resignarnos a pensar que la única solución para alcanzar una democracia avanzada, cohesionada y deliberativa, debe consistir únicamente en educar más y mejor a la juventud en valores éticos, hasta formar una generación entera de ciudadanos libres, comprometidos y críticos, que obren en conciencia. Tan necesario es que ese sueño emancipador -el gran empujón colectivo-, no sea abandonado ni soterrado bajo una educación meramente profesionalizadora; como necesario es incorporar una gran dosis de ingeniería e innovación social a las estrategias, que interpreten mejor los tiempos de globalización, red y posmodernidad; aunque sea a empujoncitos.

Un nuevo esquema de relaciones entre políticas públicas y sociedad civil, complementario a los marcos estructurados ya existentes, una nueva capa de interacción superpuesta, que podríamos bautizar como participación invisible.

De tal manera que entre la capa de participación representativa, consagrada por la Constitución y el resto de leyes, y la capa de la participación civil que cristaliza en organizaciones y movimientos sociales, o incluso en estructuras híbridas como los consejos sectoriales consultivos; se despliega una nueva capa de participación invisible, sutil e inducida, diseñada desde la experiencia de usuario, orientada a resultados, pensada a gran escala desde laboratorios de innovación, pero aterrizada a nivel local, en consenso con el tejido social, para evitar una deriva tecnocrática.

Paco vota cada cuatro años (participación representativa), pertenece a la Asociación de Estudiantes (participación civil) y cada día a la hora de la comida prefiere la fruta frente a la rosquilla glaseada que está justo detrás ( nudge – participación invisible)

En conclusión, los nudges y su diseño de arquitecturas de decisiones, están demostrado un impacto significativo y medible, funcionando muy bien con las multitudes de la sociedad red que, paradojicamente, son inteligentes e irracionales al mismo tiempo. El reto ahora es llevar ese enfoque al ámbito de la innovación social, para que proyectos y comunidades locales, puedan aterrizar la metodología desde la gran escala teórica a la práctica cotidiana. Creando un nuevo escenario de interacción, una nueva capa de participación complementaria, con todas sus debilidades: menos consciente, menos emancipadora, más táctica y cortoplacista, e incluso más propensa a la manipulación probablemente. Pero también más operativa y multitudinaria.

Como mínimo es un debate interesante.

Publicado originalmente en Diario.es el 2/09/2016

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