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Cuando los drones nos traigan la compra a la puerta de casa, el ordenador nos haga la declaración de la renta, las impresoras 3D esculpan las prótesis y el buscador redacte directamente las noticias… ¿qué trabajo nos quedará a los mortales?

Cildo Meireles. Insertions into Ideological Circuits – Coca-Cola Project, 1970. © Cildo Meireles. Tate, London.

Cildo Meireles. Insertions into Ideological Circuits – Coca-Cola Project, 1970. © Cildo Meireles. Tate, London.

Probablemente seguiremos trabajando en empleos poco cualificados, en los que la sustitución por robots o software no resulta rentable, como hacer la cama, servir cañas o los cuidados personales. Y por otra parte, habrá también bastante demanda de trabajadores que sepan manejarse en entornos complejos de alta tecnología y/o pensamiento abstracto. Si hasta ahora nos dividíamos en Blue collar (trabajadores de mono azul, poco cualificados) y White collar (cuello blanco, cualificados), ya hay quien apunta al advenimiento de una nueva clase bautizada No colour collar, para referirse a los trabajadores que circulan libremente por el mundo y por las redes, alquilando su conocimiento a empresas globales.

Así las cosas, parece evidente que el mercado de trabajo –la principal fuente de ingresos del ciudadano medio– va a estar cada vez más polarizado, una realidad que va a incrementar aún más la desigualdad de rentas, pues como demostró Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI, la riqueza no tiende a redistribuirse de forma natural, sino que tiende a la concentración por poderosas inercias.

Y, llegados a este punto, se abre el debate político más importante del siglo XXI: ¿cómo solucionamos la desigualdad? Piketty dice que hay que establecer un impuesto excepcional a las rentas no distribuidas para resetear el sistema. Luis Garicano, habla de una ayuda salarial anual pública para que los trabajadores pobres puedan llegar a fin de mes.

Podemos agitó el debate resucitando la renta básica de ciudadanía. Otros prefieren el trabajo garantizado o subir el salario mínimo. Y entre tanto, algunos parlamentos regionales gobernados por la izquierda, han comenzado a legislar rentas sociales de mínimo vital, que no son universales pero superan los antiguos programas de inserción, pues estarían garantizadas como derecho. Que cada uno se haga su esquema porque aquí está el debate del siglo XXI y nos jugamos mucho.

Publicado originalmente en El Periódico de Aragón el 4/10/2015

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